Hay un paisaje en Elche que lleva siglos contando la historia de la ciudad. Miles de palmeras dibujan huertos, caminos y jardines hasta formar un espacio único, reconocido como Patrimonio Mundial. Pero entre sus hojas crece también algo mucho más pequeño y cotidiano: el dátil.
Durante años, buena parte del potencial de ese fruto ha pasado desapercibido. Ahora, un equipo de la Universidad Miguel Hernández, en colaboración con la Universitat de València, se ha propuesto mirarlo de otra manera. No solo como un producto tradicional, sino como una materia prima a partir de la cual desarrollar nuevos alimentos, aprovechar recursos que hoy tienen poco valor y explorar formas de hacer más sostenible el Palmeral.
El proyecto VALORACV, liderado por José Ángel Pérez Álvarez desde el Instituto de Investigación e Innovación Agroalimentaria y Agroambiental de la UMH (CIAGRO) y Emilia Ferrer García desde la Facultad de Farmacia de la UV, estudian precisamente hasta dónde puede llegar el dátil ilicitano cuando tradición, ciencia e innovación se encuentran.
Y las posibilidades empiezan mucho antes de llegar a nuestra mesa.
En el Palmeral conviven palmeras cuyos frutos presentan características muy diferentes. Tamaño, textura, composición o comportamiento durante su transformación pueden determinar que un dátil sea adecuado para consumirse directamente o que, en cambio, esconda posibilidades interesantes como ingrediente para otros alimentos.
El equipo ha identificado, localizado y caracterizado más de tres mil palmeras representativas del Palmeral Histórico, seleccionando noventa de ellas para su estudio detallado. El resultado es una plataforma digital específica para la gestión de ese patrimonio: una herramienta que organiza toda la información asociada a cada palmera y que está disponible para su transferencia al sector, no solo en España sino también a nivel internacional.
Pero conocer las palmeras no era suficiente. Hacía falta también aprender a leer sus frutos con precisión. Para eso, el equipo ha desarrollado una herramienta de visión computacional con inteligencia artificial capaz de determinar objetivamente el grado de maduración del dátil a partir de su color, usando el sistema de medición CIELAB — el mismo que emplean los laboratorios de color de todo el mundo. El sistema funciona con iluminación controlada y reproducible, no requiere tocar ni dañar el fruto, y es económicamente viable para los agricultores. Una cámara, un algoritmo y una respuesta inmediata: este dátil está listo, este todavía no, este es de otra variedad.
La cuestión ya no es solamente conseguir un buen dátil. Es descubrir qué puede hacerse con cada uno de ellos.
Harina de dátil. Pasta. Zumo con diferentes grados de concentración.
Son algunos de los productos que el equipo ha desarrollado para explorar nuevas formas de introducir este fruto en la industria alimentaria. Pero convertir un dátil en ingrediente no es tan sencillo como parece. El fruto pasa por tres estados de maduración bien diferenciados — Khalal, Routab y Tamar — y cada uno de ellos tiene una textura, una composición y un comportamiento tecnológico distintos. Lo que funciona en un estado no funciona en otro. Por eso el equipo ha tenido que diseñar procesos específicos para cada variedad y cada momento de maduración: un conocimiento tecnológico que puede protegerse y transferirse a la industria.
La investigación ha demostrado además que los dátiles del Palmeral esconden una variabilidad nutricional sorprendente. Algunas variedades contienen niveles de azúcar comparables a los del melocotón o el melón, lo que abre la posibilidad de comercializarlos como fruta fresca. Otras destacan por su contenido en potasio, fibra y compuestos antioxidantes con potencial bioactivo. Y los ensayos de seguridad realizados con células humanas no mostraron efectos tóxicos, un resultado especialmente relevante dado que muchas palmeras proceden de entornos urbanos donde la exposición a metales pesados podría ser una preocupación. No lo es: todas las variedades estudiadas se encuentran dentro de los límites europeos.
Incluso aquello que normalmente descartamos puede tener una segunda vida.
Diseñar un proceso en el laboratorio es solo el primer paso. El verdadero reto es demostrar que funciona a mayor escala. Por eso uno de los avances más relevantes de VALORACV ha sido el escalado de esos procesos en las instalaciones piloto del CIAGRO, contando con la colaboración de empresas del Camp d’Elx. En el caso del compostaje, los experimentos se realizaron con lotes de aproximadamente 400 kilos de dátil, acercando el conocimiento experimental a condiciones reales de producción industrial.
Los dátiles descartados, los huesos, los restos del fruto: el proyecto ha estudiado su incorporación a mezclas de compost con estiércol de cabra y conejo, obteniendo un abono de calidad agrícola, rico en nutrientes y sin efectos negativos sobre las plantas. Una estrategia de residuo cero en la que cada fracción del dátil encuentra su destino, ya sea en la mesa o en el suelo que alimenta las palmeras.
La respuesta conecta con uno de los grandes desafíos actuales de la investigación agroalimentaria: avanzar hacia una economía circular en la que aquello que antes considerábamos un residuo pueda convertirse en un nuevo recurso.
En Elche, ese planteamiento adquiere además una dimensión especial. Porque poner en valor el dátil significa trabajar sobre un producto íntimamente relacionado con un paisaje que forma parte de la identidad de la ciudad. Encontrar nuevos usos, generar actividad económica alrededor de ellos y aumentar su valor puede contribuir también a que mantener productivos los huertos resulte más interesante.
De esta manera, detrás de una harina, una pasta o un nuevo alimento aparece una pregunta que trasciende la alimentación: cómo conseguir que un paisaje agrícola con siglos de historia siga teniendo sentido en el siglo XXI.
Quizá una parte de la respuesta haya estado siempre ahí, creciendo sobre nuestras cabezas.