Hay niños que no pueden comer determinados alimentos. No es terquedad, no es capricho, no es falta de hambre. Es que la textura de ese puré, el color de esa verdura o el olor de ese plato les genera una respuesta tan intensa —o tan distinta a la del resto— que el cuerpo simplemente dice no. Para sus familias, a menudo, es uno de los misterios más difíciles de descifrar del autismo. Para dos equipos de investigación de la Universidad Miguel Hernández, es el punto de partida de algo mucho más ambicioso.
Luis Noguera Artiaga y Javier Sáez Valero trabajan sobre el mismo problema desde dos orillas distintas. Noguera desde la tecnología de los alimentos, analizando las propiedades físicas, químicas y sensoriales de lo que comemos y cómo las perciben las personas con Trastorno del Espectro Autista. Sáez Valero desde la neurociencia, buscando en el organismo los marcadores biológicos que podrían explicar por qué dos personas con el mismo diagnóstico perciben el mundo de forma tan diferente. Juntos, su proyecto apunta a una de las fronteras más prometedoras de la investigación en autismo: la medicina personalizada.
El autismo afecta a cada persona de forma diferente. Eso lo sabe cualquier familia que conviva con él, y también cualquier profesional que lo atienda. Pero dentro de esa diversidad, hay un rasgo especialmente frecuente y especialmente poco conocido: las alteraciones sensoriales.
Muchas personas con TEA perciben los estímulos del entorno —sonidos, texturas, sabores, olores, imágenes— de manera distinta al resto de la población. No siempre de forma más intensa: a veces más atenuada, a veces selectiva, a veces simplemente diferente. Y esas diferencias pueden influir de forma decisiva en algo tan cotidiano como sentarse a la mesa o aprender en un aula.
El equipo de Noguera Artiaga se ha centrado precisamente en eso. Utilizando las herramientas propias de la tecnología de los alimentos —análisis de textura, composición, propiedades organolépticas— estudia cómo las características físicas y químicas de un alimento determinan si una persona con TEA puede o no tolerarlo. El rechazo a ciertos alimentos no es una conducta arbitraria: tiene una base sensorial medible, objetiva, que la ciencia puede empezar a mapear.
La misma lógica se aplica al entorno escolar. Las diferencias en la percepción visual y táctil también moldean cómo se aprende. Adaptar los materiales, incorporar recursos visuales adecuados o diseñar actividades basadas en la exploración de texturas y formas no es un lujo pedagógico: puede ser la diferencia entre que un estudiante con TEA participe o quede fuera.
Mientras Noguera Artiaga trabaja con lo observable —la conducta, la respuesta ante un alimento, la reacción en el aula—, Sáez Valero trabaja con lo invisible. Su equipo busca biomarcadores biológicos: señales medibles en el organismo que permitan distinguir objetivamente diferentes perfiles dentro del espectro autista, especialmente en lo que tiene que ver con las capacidades cognitivas y la percepción de estímulos potencialmente dolorosos o desagradables.
¿Por qué es importante esto? Porque el diagnóstico actual del autismo se basa fundamentalmente en la observación conductual. Los profesionales observan, evalúan, comparan. Es un proceso lento, a menudo tardío, y que difícilmente captura la enorme variabilidad que existe dentro del espectro. Si fuera posible identificar marcadores biológicos asociados a perfiles concretos de autismo, el diagnóstico podría ser más temprano y preciso, y permitir una intervención personalizada.
La neurociencia que aplica Sáez Valero busca ese puente entre lo que ocurre dentro del sistema nervioso y lo que se manifiesta después en la conducta. Entre la biología y la experiencia. Entre el marcador y la persona.
Lo que hace especialmente valioso este proyecto es la manera en que ambas investigaciones se complementan. Cuando Noguera Artiaga observa que un niño rechaza un alimento por su textura, Sáez Valero pregunta si hay una diferencia biológica medible detrás de esa reacción. Cuando la neurociencia identifica un patrón en el organismo, la tecnología de los alimentos puede ayudar a traducirlo en una estrategia concreta: qué texturas, qué colores, qué propiedades físicas de los alimentos son más compatibles con ese perfil sensorial.
Es, en definitiva, el camino hacia la medicina personalizada aplicada al autismo. No un protocolo genérico para «personas con TEA», sino intervenciones diseñadas a partir de las necesidades reales de cada persona: estrategias educativas, terapéuticas y nutricionales que respondan a su biología y a su experiencia sensorial específica.
Si se logra establecer una relación clara entre determinados marcadores biológicos y perfiles concretos de autismo, será posible intervenir antes, con más precisión y con mejores herramientas. No solo para mejorar la alimentación o el aprendizaje en el aula, sino para cambiar el itinerario completo de una persona desde edades tempranas.
En el fondo, lo que este proyecto intenta responder es una pregunta deceptivamente sencilla: ¿podemos comprender mejor la diversidad del autismo a través de la biología para ofrecer apoyos más precisos y eficaces?
La respuesta todavía está en construcción. Pero la dirección es clara: unir la mirada de quien estudia lo que el cuerpo percibe con la de quien busca por qué lo percibe así. Tecnología de los alimentos y neurociencia, trabajando sobre el mismo fenómeno desde ángulos distintos, con el mismo objetivo.
Que cada persona con autismo pueda recibir el apoyo que necesita. No el que le toca por diagnóstico. El que le corresponde por quién es.