Cada mañana, miles de adolescentes en España se sientan en un aula con los ojos entreabiertos. No es pereza. No es falta de interés. Es biología.
Durante la adolescencia, el organismo experimenta un retraso natural en el reloj biológico: el momento en que aparece el sueño se desplaza hacia más tarde, y el despertar óptimo también. No es un hábito adquirido ni una cuestión de disciplina. Es un proceso ampliamente descrito por la ciencia, universal en todas las culturas estudiadas. Y sin embargo, los horarios escolares permanecen prácticamente inalterados desde hace décadas.
El resultado es una colisión silenciosa. Los adolescentes españoles llegan a dormir hasta tres horas menos de lo recomendado para su edad, con consecuencias claras en atención, memoria, regulación emocional y bienestar. Tres horas. Cada día. Durante años.
¿Cuánto nos cuesta, como sociedad, esa deuda de sueño acumulada? ¿Y qué pasaría si los horarios escolares se adaptaran al momento en que el cerebro adolescente funciona mejor?
Esas son las preguntas que persigue KAIROS.
Todos llevamos un reloj interior. Es el encargado de regular cuándo sentimos sueño, cuándo estamos más alerta, cómo varía nuestra temperatura corporal o cuándo el organismo libera determinadas hormonas. Es el reloj biológico, o ritmo circadiano.
Pero existe otro reloj igual de importante: el reloj social. El que marca la hora de entrar al instituto, de empezar la jornada, de comer o de acostarnos. Un reloj construido por nuestras normas, costumbres y formas de organizar la vida en sociedad.
La mayor parte del tiempo ambos funcionan sincronizados. Pero durante la adolescencia esa armonía puede romperse. El retraso del cronotipo en la adolescencia es un fenómeno biológico y universal, y no adecuar los horarios escolares a estos ritmos favorece la somnolencia, el estrés y el fracaso escolar, además de impactar en la salud mental y emocional del alumnado.
Numerosos estudios internacionales han mostrado ya que esa falta de sincronía puede reducir las horas de sueño y afectar la atención, la memoria y el rendimiento cognitivo. Algunas investigaciones apuntan incluso que retrasar el inicio de las clases puede aumentar el tiempo de descanso y favorecer el bienestar y el aprendizaje. Pero muchas preguntas siguen abiertas: ¿ocurre lo mismo en todos los sistemas educativos? ¿Influyen de la misma manera factores como el uso de pantallas, la exposición a la luz natural o la actividad física? ¿Hasta qué punto las diferencias entre estudiantes responden a su biología o a cómo organizamos socialmente el tiempo?
Es precisamente ese espacio de incertidumbre el que pretende explorar KAIROS. Y lo hace con rigor científico y una ambición metodológica poco habitual en la investigación educativa.
El proyecto está liderado por Daniel Gabaldón, profesor de Sociología en la Universitat de València, y formado por un equipo de 30 profesionales de biología, medicina, psicología, pedagogía y sociología. Es, en sí mismo, una apuesta metodológica: la idea de que el aprendizaje no puede entenderse desde una sola disciplina, sino desde el diálogo entre todas ellas.
Su protocolo, publicado en la revista Frontiers in Public Health, reconstruye nueve días en la vida de los adolescentes participantes. Los métodos empleados incluyen el seguimiento continuo de la actividad y la exposición a la luz con actigrafía, el autoregistro de los horarios de sueño, actividad física y pantallas durante los nueve días además del análisis hormonal de cortisol —hormona directamente implicada en los ritmos circadianos—, registro de alimentación y de empleo del tiempo en lunes, jueves y domingo. Por último, además de la caracterización del cronotipo con el MCTQ se realizan pruebas de atención y de rendimiento cognitivo estandarizadas —memoria, razonamiento, cálculo y atención— y el bienestar autoinformado.
Cada pieza cuenta una parte de la historia. El cortisol refleja el nivel de estrés fisiológico. Las pruebas cognitivas miden si el rendimiento varía según la hora del día. Y el bienestar autoinformado recuerda que detrás de cada dato hay una persona real, con una experiencia subjetiva que también importa.
La combinación de todos estos indicadores es lo que permite al equipo no solo describir el desajuste, sino cuantificarlo: saber exactamente cuántas horas separan el momento óptimo de alerta de cada estudiante del momento en que tiene que estar sentado en clase.
El proyecto, financiado por la Agencia Estatal de Investigación y la Generalitat Valenciana con el apoyo del Fondo Europeo de Desarrollo Regional, comenzó en septiembre de 2022 y está previsto que finalice en 2027.
Durante décadas, la investigación educativa se ha preguntado qué contenidos enseñar y cómo enseñarlos mejor. KAIROS añade una dimensión que raramente se había medido con este nivel de rigor: el cuándo.
¿Existe una hora del día en que el cerebro aprende mejor? ¿Todos los estudiantes alcanzan su máximo rendimiento cognitivo al mismo tiempo, o existen diferencias según el cronotipo — esa tendencia biológica a ser más de mañana o más de tarde? ¿Puede la organización de los horarios escolares influir en el aprendizaje tanto como la metodología pedagógica o los recursos del aula?
El proyecto investiga la relación entre el cronotipo, los ciclos de alerta y el rendimiento académico en distintas estructuras horarias, cruzando los datos biológicos con los resultados de las pruebas cognitivas para identificar si existe una correlación medible entre el grado de desajuste circadiano y el rendimiento real de cada estudiante.
Son preguntas que parecen sencillas y que esconden una complejidad enorme. Porque el tiempo escolar no es solo una cuestión de biología. Es también una cuestión social, económica y política. Cambiar el horario de inicio de las clases en secundaria afecta a las familias, al transporte, a los servicios de conciliación, al mercado laboral. La intención de los investigadores es que este protocolo interdisciplinario sirva para apoyar medidas de política educativa basadas en la evidencia relacionadas con la organización del tiempo escolar.
No se trata de proponer cambios inmediatos. Se trata de generar el conocimiento que permita tomarlos con fundamento.
Quizá aprender no dependa únicamente de cuánto estudiamos o de cómo nos enseñan. Quizá también dependa de cuándo ocurre ese aprendizaje. Y si la ciencia puede responder a esa pregunta, tenemos la obligación de hacérsela.