Doctor en Física por la Universitat de València (2000) y catedrático en el Departamento de Ingeniería Electrónica de la misma universidad. Senior Member del IEEE y antiguo presidente del capítulo español de la IEEE Sensors Council. Ha recibido el premio J. C. Bose de IETE (2011) y el Distinguished Publication Award de la Magnetics Society of Japan (2014). Su investigación se centra en sensores magnetorresistivos integrados sobre CMOS y, más recientemente, en sensores neuromórficos para aplicaciones biomédicas e industriales. Actualmente es el director de la Cátedra PERTE Chip de Semiconductores de la Universitat de València.
El cerebro humano no mira: parpadea. No escucha el rumor constante de una habitación, solo presta atención cuando un sonido nuevo lo interrumpe. No lee píxel a píxel la escena que tiene delante como lo haría una cámara convencional; reacciona cuando algo se mueve, cambia o sorprende. Esa economía silenciosa —procesar únicamente cuando merece la pena— le permite resolver en milisegundos, y con la potencia que necesita una bombilla LED, tareas que a los ordenadores más potentes les cuestan kilovatios y horas. Trasladar ese principio a un trozo de silicio, enseñar a un chip a percibir el mundo como lo hace un ser vivo, es uno de los grandes horizontes abiertos de la ingeniería contemporánea. Y es, también, hacia donde apunta hoy buena parte de la investigación más puntera en sensores.
En un laboratorio del campus de Burjassot, frente a la huerta valenciana, alguien lleva muchos años haciéndose la misma pregunta: ¿es posible enseñar a un circuito integrado, no sólo a medir, sino a sentir lo que ocurre a su alrededor? Càndid Reig, catedrático del Departamento de Ingeniería Electrónica de la Universitat de València, no parece a primera vista alguien que hable con las máquinas. Pero su trabajo, paciente y obstinado, va precisamente de eso: de diseñar dispositivos capaces de percibir el entorno de la forma más parecida a como lo haría un ser humano, y de integrarlos en chips del tamaño de una uña.
Su trayectoria, sin embargo, no empezó cerca de los sensores. Físico de formación, en los años noventa se ocupó del crecimiento de cristales semiconductores exóticos —compuestos de mercurio, manganeso, telurio— pensados para detectar luz infrarroja o campos magnéticos. Eran tiempos de hornos a alta temperatura, ampollas selladas y semanas de paciencia para hacer crecer un único cristal. De aquella relación lenta con la materia le quedó algo que aún se nota en su forma de trabajar: la convicción de que los sensores no se diseñan solo sobre un papel, sino que también se cultivan, se prueban, se rehacen.
Todo cambió a comienzos del nuevo siglo, durante una estancia en Lisboa, en el INESC-MN. Allí se encontró con un mundo entonces emergente: la magnetorresistencia gigante (GMR), un fenómeno cuántico descubierto en 1988 que acabaría dándoles el Premio Nobel de Física a sus descubridores en 2007. La GMR permite fabricar sensores extraordinariamente sensibles a campos magnéticos diminutos, como los que genera, por ejemplo, la corriente que circula por una pista de un chip. Reig vio enseguida la posibilidad: si esos sensores podían leer corrientes desde fuera, sin interrumpir el circuito, podían convertirse en algo así como estetoscopios para la electrónica. Aquella intuición daría lugar a más de dos décadas de colaboración con el grupo portugués, a una larga colección de artículos en revistas como IEEE Sensors Journal o IEEE Transactions on Magnetics, y a un libro editado en Springer que la Sociedad Japonesa de Magnetismo distinguió en 2014.
Su trabajo orbita desde entonces alrededor de una idea sencilla y potente: hacer que la electrónica perciba el mundo —y se perciba a sí misma— de forma más rica. Junto a su grupo y a colaboradores en Lisboa, L’Aquila o Barcelona, ha diseñado sensores GMR capaces de medir corrientes por debajo del miliamperio dentro de chips fabricados con tecnologías CMOS estándar, los mismos que se usan en cualquier procesador comercial. Ha explorado cómo integrarlos sobre el propio silicio que aloja el resto del circuito y ha extendido el principio a sensores de unión túnel magnética (TMR), todavía más sensibles. Las aplicaciones recorren un arco enorme: el control fino de motores eléctricos, la monitorización del consumo de un circuito integrado o la detección de micropartículas magnéticas en líquidos para diagnóstico biomédico.
En paralelo, mantiene desde hace años una segunda línea, más cercana al aire libre: las antenas impresas para comunicaciones inalámbricas. Antenas que caben sobre una tarjeta de crédito y que conectan sensores con redes Wi-Fi, WiMAX o IoT. Esa doble mirada —lo magnético y lo electromagnético, la corriente que pasa y la onda que viaja— le valió en 2011 el premio J. C. Bose de la institución india IETE por una revisión que aún hoy se cita en los manuales del área.
La etapa más reciente de su agenda dibuja una dirección que une, casi sin proponérselo, todo lo anterior. Inspirado en cómo el cerebro humano procesa la información —solo cuando algo cambia, y no leyendo continuamente cada píxel o cada sensor—, Reig trabaja desde 2015 en sensores neuromórficos: matrices de detectores que solo dan la voz cuando ocurre algo relevante. Es lo que en el argot se llama event-driven: dispositivos que dejan de hablar todo el tiempo para hablar solo cuando merece la pena. Aplicado a sensores magnéticos, abre puertas insospechadas: seguir partículas en un fluido en tiempo real, montar sistemas de visión más eficientes para drones autónomos, diseñar interfaces para implantes médicos que consuman una fracción de la energía actual. El proyecto que dirige hoy, Micro-particle tracking and imaging: Integral neuromorphic approach, financiado hasta 2028 por el Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades, es precisamente la traducción de esa filosofía a un sistema integral.
Detrás de los artículos y los proyectos hay también una vocación más callada: la docente. Reig ha formado a tres generaciones de ingenieros electrónicos en Valencia, ha dirigido tesis doctorales, ha coordinado el programa de doctorado en Ingeniería Electrónica desde 2015 a 2016 y ha mantenido durante años puentes estables con la industria —de consultor externo en Analog Devices o ams OSRAM, pasando por contratos con empresas locales—, porque entiende que la buena electrónica no se completa en un paper, sino cuando alguien la fabrica y otro la usa.
Esa convicción se ha materializado, en los últimos años, en una responsabilidad de otra naturaleza. Desde 2024, Reig dirige la Cátedra PERTE Chip de la Universitat de València, una iniciativa de más de cinco millones de euros, enmarcada en el Proyecto Estratégico para la Recuperación y Transformación Económica que el Estado ha desplegado para reactivar la industria europea de semiconductores. El motor académico de esta Cátedra es el Máster Multinacional en Microelectrónica, un título de formación permanente diseñado mano a mano con las grandes compañías del Valencia Silicon Cluster —Bosch, ams OSRAM, MaxLinear y Analog Devices— y dirigido también por él. La primera promoción acabó con buena parte de su alumnado contratado antes incluso de terminar el curso, y la segunda ya está en marcha. Es la traducción institucional de algo que Reig lleva años defendiendo en voz alta: que un país que aspire a diseñar sus propios chips necesita ingenieros formados para diseñarlos, y que esa formación se hace con la industria al lado, no de espaldas a ella.
Quizá lo más singular de su trayectoria sea esa coherencia tranquila: empezar haciendo crecer los cristales semiconductores sobre los que finalmente ha desarrollado chips que imitan al cerebro, sin que el hilo se rompa por el camino. En el fondo, lo que ha hecho durante treinta años es ampliar, poco a poco, aquello que la electrónica es capaz de sentir.