Javier Martí Sendra es ingeniero de Telecomunicación por la Universitat Politècnica de Catalunya y doctor ingeniero de Telecomunicación por la Universitat Politècnica de València (UPV), donde es catedrático de Tecnología Fotónica desde el año 2000. En 2003 fundó el Centro de Tecnología Nanofotónica (NTC) de la UPV y fué su director hasta 2021. En 2005 fundó DAS Photonics, primera spin-off de la UPV, empresa hoy líder europeo en tecnología fotónica para los sectores aeroespacial y de defensa. Hoy dirige la ICTS (Infraestructura Científica y Tecnológica Singular) MICRONANOFABS, un referente internacional en fotónica de silicio, circuitos integrados nanofotónicos y nanofotónica para comunicaciones, defensa, salud y energía. Es autor de más de 20 patentes y 450 artículos internacionales, miembro fundador de la Plataforma Europea de Fotónica (Photonics21) y de la Plataforma Española de Fotónica (Fotónica21).
Hay una fecha que Javier Martí recuerda bien. Era 2006, apenas un año después de haber fundado una pequeña empresa de tecnología fotónica en el Parc Científic de la Universitat Politècnica de València. El teléfono sonó. Al otro lado de la línea estaba la Agencia Espacial Europea. Querían sus chips.
No era un experimento académico destinado a dormir en un cajón. Era una tecnología real, lista para volar en un satélite. Una tecnología nacida en Valencia que iba a orbitar la Tierra.
Para entender lo que hizo Javier Martí, primero hay que entender qué es la fotónica. Y para entender la fotónica, hay que empezar por la luz.
Durante décadas, la revolución tecnológica que transformó el mundo fue eléctrica. Transistores que se encogían, chips que se aceleraban, cables que transmitían señales a velocidades cada vez mayores. Pero toda revolución tiene un límite. Los electrones generan calor, consumen energía, se interfieren entre sí. Y a medida que las demandas de velocidad se volvían más extremas, el paradigma eléctrico empezó a mostrar sus costuras.
La fotónica es, en esencia, la ciencia de hacer con la luz lo que la electrónica hace con los electrones: transmitir información, procesarla, conmutarla. La tecnología fotónica ofrece mejoras significativas en ancho de banda, inmunidad electromagnética, peso y consumo energético frente a las tecnologías electrónicas convencionales. Un chip fotónico no se calienta como uno electrónico. Consume mucho menos. Y puede transmitir información a velocidades que los electrones simplemente no pueden alcanzar.
Javier Martí lo vio antes que casi nadie. Y construyó desde Valencia uno de los centros más avanzados del mundo para convertir esa visión en realidad.
La oportunidad que dio origen al Centro de Tecnología Nanofotónica surgió en el año 2000, cuando fue posible retener en España ciertas capacidades de fabricación de chips microelectrónicos, reorientándolas hacia la producción de chips fotónicos. Una línea de producción completa. Una sala blanca. Y un equipo de investigadores dispuestos a construir algo que no existía en España.
El NTC cuenta hoy con una sala blanca de 600 metros cuadrados dotada de una línea de producción completa para la micro y nanofabricación sobre silicio, con tecnología compatible con los estándares industriales (obleas de 200 militeros de diámetro), que permite el procesado de circuitos integrados tanto fotónicos como microelectrónicos. Dicho de otro modo: en el Campus de Vera de la Universitat Polltécnica, en el corazón del área metropolitana de Valencia, hay una fábrica capaz de producir chips de luz con los mismos procesos que se usan para fabricar los procesadores de los ordenadores más avanzados del mundo. Sus tecnologías tienen aplicaciones en telecomunicaciones, centros de datos, computación y comunicaciones cuánticas, biosensores, sector espacial y energía solar.
DAS Photonics es la primera spin-off aprobada por el Consejo de Gobierno y Consejo Social de la Universitat Politècnica de València. No había precedentes. No había procedimiento establecido. Martí y su equipo tuvieron que abrirse camino en un territorio sin mapas, traduciendo décadas de conocimiento científico en un modelo de negocio capaz de competir en los mercados más exigentes del planeta.
Lo que vino después superó todas las previsiones. El departamento de Defensa de Estados Unidos contactó directamente con la compañía, interesándose por sus tecnologías, y el primer gran contrato en el ámbito de la defensa llegó en 2017. Una empresa nacida en una universidad valenciana había conseguido lo que pocas compañías europeas logran: entrar en el mercado de defensa norteamericano por la puerta grande.
Sus módulos fotónicos han volado en misiones de Hispasat y Eutelsat, y en proyectos europeos de la Agencia Espacial Europea, validando la robustez y eficiencia de sus tecnologías en condiciones extremas. Cuando un satélite de comunicaciones sobrevuela nuestras cabezas, puede que lleve dentro un chip diseñado y fabricado en Valencia.
Quizás uno de los legados más duraderos de Javier Martí no sea ningún chip ni ningún satélite en concreto, sino algo menos tangible y más transformador: haber demostrado que la investigación universitaria valenciana puede convertirse en industria de primer nivel mundial.
Es miembro fundador de la Plataforma Europea de Fotónica y de su Board of Stakeholders, además de fundador de la Plataforma Española de Fotónica. Desde esas posiciones ha contribuido a definir la agenda tecnológica europea en un campo que será tan decisivo para el siglo XXI como lo fue la electrónica para el XX.
El camino que trazó —de la investigación básica a la patente, de la patente al producto, del producto a la empresa global— es exactamente el que la Comunitat Valenciana necesita para convertir su talento científico en prosperidad económica sostenida. No es un camino fácil. Requiere visión larga y una convicción inquebrantable en que la ciencia más fundamental puede, si se cultiva con paciencia, transformar la industria.