Francisco José Mora Mas (Elche, 1968) es ingeniero de Telecomunicación por la Universitat Politècnica de Catalunya e doctor ingeniero de Telecomunicación por la Universitat Politècnica de València (UPV), donde es catedrático de Tecnología Electrónica desde 2003. Entre 1992 y 1997 realizó su tesis doctoral en el Laboratorio Europeo de Física de Partículas (CERN), gracias a una beca Doctoral Student del propio CERN, trabajando en la electrónica de adquisición de datos del detector ATLAS para el LHC. Su labor investigadora se desarrolla en el Instituto de Instrumentación para Imagen Molecular (I3M), centro mixto UPV-CSIC, con especialización en sistemas de adquisición de datos para física de altas energías e instrumentación electrónica para física médica. Coordina la participación de la UPV en el proyecto internacional Hyper-Kamiokande, el mayor detector de neutrinos del mundo, actualmente en construcción en Japón. Fue rector de la UPV durante ocho años (2013–2021).
Ahora mismo, mientras lees estas líneas, miles de millones de partículas te atraviesan de lado a lado. Vienen del Sol, de las estrellas, del interior de la Tierra. No las sientes. No las ves. No se detienen ante nada. Se llaman neutrinos, y son tan esquivas que podrían atravesar un año-luz de plomo sólido sin rozar un solo átomo.
Son, en cierto sentido, la partícula más fantasmal del universo conocido. Y aprender a detectarlas —a capturar ese instante fugaz en que una de ellas, contra todo pronóstico, deja su huella— es uno de los retos tecnológicos más ambiciosos que ha emprendido la humanidad.
Francisco Mora lo sabe bien. Lleva décadas construyendo la electrónica con la que la ciencia escucha lo que el universo susurra. Pero lo que hace su trabajo verdaderamente singular es lo que ocurre después: que esa misma tecnología, diseñada para explorar los confines del cosmos, acaba encontrando su camino hacia los hospitales, hacia los pacientes, hacia el diagnóstico que puede cambiar el curso de una vida.
Entre 1992 y 1997, Francisco Mora realizó su tesis doctoral en la división de física experimental del CERN, gracias a una beca Doctoral Student concedida por el propio laboratorio, investigando la electrónica de adquisición de datos del detector ATLAS para el Gran Colisionador de Hadrones en Ginebra.
El detector ATLAS es uno de los instrumentos científicos más complejos jamás construidos: un gigante de 45 metros de largo y 25 de diámetro, enterrado a cien metros bajo tierra en la frontera entre Francia y Suiza. En su interior se recrean, durante fracciones de segundo inimaginablemente pequeñas, las condiciones del universo en sus primeros instantes. Fue en ese detector donde se confirmó, en 2012, la existencia del bosón de Higgs: la partícula que da masa a la materia.
Pero un detector de esa magnitud no sirve de nada sin la electrónica capaz de leerlo. Y ese fue exactamente el problema que el joven ingeniero de Elche fue a resolver al CERN: cómo capturar, seleccionar y procesar cuarenta millones de colisiones por segundo sin perder las que importan. Era, en esencia, un problema de escucha. De construir instrumentos capaces de distinguir la señal en medio del ruido más extremo.
Aquella formación en el umbral más exigente de la ingeniería electrónica no se quedó en los libros. La electrónica que aprendes a construir para capturar la huella de una partícula subatómica en el LHC es, en gran medida, la misma que necesitas para construir un escáner médico capaz de ver el interior del cuerpo humano con una precisión sin precedentes.
El escáner PET —Tomografía por Emisión de Positrones— es uno de los instrumentos diagnósticos más poderosos de la medicina moderna. Detecta en el cuerpo señales tan tenues como las que Mora aprendió a leer en el CERN: rastros de partículas que permiten visualizar tumores, lesiones neurológicas o enfermedades cardíacas antes de que sean visibles con cualquier otro método. El I3M, centro mixto de la UPV y el CSIC donde Mora desarrolla su investigación, trabaja en nuevos sistemas PET que mejoran las prestaciones de los dispositivos actuales, combinándolos con resonancia magnética para obtener información anatómica y funcional completa de patologías como el cáncer.
Física de partículas y oncología, unidas por la misma electrónica. El universo y el cuerpo humano, escuchados con los mismos oídos.
Pero la mirada de Francisco Mora sigue apuntando hacia lo más grande y lo más misterioso. El detector Hyper-Kamiokande, actualmente en construcción en Japón a 1.000 metros de profundidad, tendrá una masa ocho veces mayor que su predecesor y estará equipado con fotosensores de alta sensibilidad recientemente desarrollados. Su propósito: detectar neutrinos con una precisión sin precedentes y arrojar luz sobre algunas de las preguntas más fundamentales de la física, entre ellas por qué el universo está hecho de materia y no de antimateria.
El volumen del tanque de agua en el que van a interaccionar los neutrinos es comparable al de la catedral de Notre Dame. Dentro de ese tanque, los neutrinos dejarán de vez en cuando una tenue chispa de luz. Detectarla requiere una electrónica de precisión extrema que deberá funcionar durante un mínimo de diez años sumergida en el agua, sin posibilidad de ser reparada. No hay margen para el error. Es ingeniería llevada a su límite más absoluto.
Y parte de esa ingeniería se está diseñando en Valencia.
La trayectoria de Francisco Mora es la historia de un arco que une los extremos más alejados que uno pueda imaginar: las colisiones de partículas en el acelerador más grande del mundo y el diagnóstico de un tumor en un hospital. Lo que los une no es la casualidad. Es la electrónica. Es la convicción, sostenida durante décadas, de que aprender a escuchar las señales más tenues del universo nos enseña también a escuchar mejor el cuerpo humano.
Porque a veces los instrumentos que construimos para mirar hacia las estrellas son los mismos que necesitamos para cuidar lo que tenemos aquí abajo.