Transforma residuos de la industria oleícola en nanopartículas para descontaminación ambiental y producción de biogás.
El aceite de oliva deja un rastro. Por cada litro producido, la almazara genera varios litros de alpechín, un líquido oscuro y maloliente cargado de materia orgánica que durante décadas ha sido uno de los grandes problemas ambientales del sector oleícola mediterráneo. Contamina acuíferos si se vierte mal, resulta costoso de gestionar y su valor económico es prácticamente nulo. Hasta que un equipo de investigadores de la Universidad de Alicante descubrió que dentro de ese residuo había algo inesperado: la materia prima para fabricar uno de los materiales más prometedores de la nanotecnología industrial.
Esa historia de laboratorio se llama hoy Calpech. Su nombre lo dice todo: carbón más alpechín. Fundada en febrero de 2021 como spin-off de la Universidad de Alicante, esta empresa del Parque Científico de Alicante ha desarrollado y patentado un proceso para transformar el residuo de la industria oleícola en nanopartículas de hierro encapsuladas en carbono con aplicaciones en energía, descontaminación ambiental y agricultura. Y lo hace, además, a un coste de producción hasta veinte veces inferior al de las nanopartículas equivalentes que existen en el mercado.
La historia de Calpech empieza, como muchos avances científicos relevantes, con una sorpresa en el laboratorio. Los investigadores de la UA que trabajaban con alpechín esperaban obtener micropartículas de carbono con hierro incrustado. Lo que obtuvieron fue algo diferente: partículas de hierro de tamaño nanométrico —millones de veces más pequeñas que un milímetro— rodeadas por capas de carbono. Un material nuevo, con propiedades distintas, y con un potencial de aplicación que no habían anticipado.
El hallazgo tenía dos virtudes simultáneas. Por un lado, permitía valorizar un residuo problemático del sector oleícola, transformando un pasivo ambiental en materia prima industrial. Por otro, ofrecía una ruta de producción de nanopartículas de hierro radicalmente más barata que los procesos convencionales, lo que abría la puerta a aplicaciones industriales que hasta entonces no eran económicamente viables. El equipo patentó la tecnología y dio el paso que transforma un resultado de investigación en empresa: creó Calpech.
La línea de negocio central de Calpech es el mercado del biogás y el biometano, dos combustibles renovables producidos a partir de la fermentación de residuos orgánicos que juegan un papel esencial en la descarbonización de la economía europea. El proceso de producción, llamado digestión anaerobia, tiene un talón de Aquiles: genera ácido sulfhídrico, un compuesto tóxico y corrosivo que daña los equipos y reduce el rendimiento energético de las plantas. Eliminarlo es costoso. Mantenerlo supone pérdidas continuas.
Las nanopartículas de hierro de Calpech actúan directamente en el digestor y resuelven el problema de raíz: eliminan el ácido sulfhídrico durante el propio proceso de fermentación, aumentan la producción de metano y estabilizan el reactor. El resultado es una planta más eficiente, con menores costes de mantenimiento y mayor producción energética, usando como aditivo un material fabricado a partir de un residuo agrícola mediterráneo.
En un contexto en el que Europa está apostando con fuerza por el biogás y el biometano como combustibles de transición para sectores difíciles de electrificar —ganadería, transporte pesado, industria—, la tecnología de Calpech llega en el momento preciso.
La vocación de Calpech no se agota en el biogás. Sus nanopartículas tienen un espectro de aplicaciones que refleja la amplitud del problema que resuelven: la contaminación de suelos y aguas. Ya han sido utilizadas en proyectos de descontaminación de acuíferos con nitratos en colaboración con Aguas de Murcia, dentro del proyecto europeo LIFE Nirvana. Han demostrado eficacia en la eliminación de metales pesados en suelos y aguas, en la degradación de fármacos y pesticidas, y en el control de malos olores en balsas de residuos agrícolas y ganaderos.
Cada una de estas aplicaciones responde a un problema real y documentado del entorno productivo mediterráneo: el uso intensivo de agroquímicos, la contaminación de acuíferos en zonas agrícolas, la gestión de residuos ganaderos. Calpech no ha llegado a estos mercados por diversificación oportunista, sino porque su tecnología, nacida del propio ciclo productivo agrícola, encaja de forma natural en los problemas que ese ciclo genera.
En los últimos meses, Calpech ha encadenado una serie de hitos que reflejan la madurez creciente de su proyecto. A finales de 2024 recibió una inversión de 600.000 euros de BeAble Capital, gestora especializada en tecnologías de ciencia profunda alineadas con los objetivos de la Agenda 2030. En mayo de 2025 sumó un préstamo ENISA de 300.000 euros. En abril de 2025 obtuvo la patente europea de su tecnología, el reconocimiento formal de que el proceso desarrollado en la Universidad de Alicante no tiene equivalente en el continente. Y en los primeros meses de 2025 inauguró una nueva nave industrial en el polígono El Canastell de San Vicente del Raspeig, dando el salto de la escala laboratorio a la producción industrial.
El reconocimiento institucional también ha llegado. El Premio Avelino Corma 2025 en la categoría de Empresa Química Innovadora, concedido por la Real Sociedad Española de Química, sitúa a Calpech entre las referencias del sector en España. El Premio rePCV en la categoría de spin-off y el reconocimiento Santander X completan un palmarés que, en el ecosistema emprendedor, funciona como señal de validación científica y empresarial.
La historia de Calpech plantea una pregunta incómoda sobre cómo valoramos los recursos. El alpechín lleva décadas siendo tratado como un problema, un coste externo de la producción oleícola que alguien tiene que gestionar. La investigación de la Universidad de Alicante demostró que en ese residuo había valor latente: valor energético, valor ambiental, valor industrial. Hacía falta el conocimiento para extraerlo y una empresa para llevarlo al mercado.
Eso es exactamente lo que las spin-offs universitarias hacen en su mejor versión: no solo transferir tecnología, sino cambiar la forma en que la sociedad entiende lo que tiene valor y lo que no. En el caso de Calpech, esa redefinición tiene consecuencias concretas: menos residuos problemáticos en las almazaras, plantas de biogás más eficientes, acuíferos más limpios, y una empresa valenciana que compite en el mercado europeo de la transición energética con una tecnología que no existe en ningún otro sitio.