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Nostra Ciència

Amparo Chiralt Boix

Carrera:

Amparo Chiralt es doctora en Química y catedrática de Tecnología de los Alimentos en la Universitat Politècnica de València.

Su investigación se centra en el desarrollo de materiales biodegradables y comestibles a partir de residuos agroalimentarios, como alternativa sostenible a los plásticos convencionales.

Con más de quince años de trayectoria en este campo, ha dirigido más de sesenta tesis doctorales, publicado en revistas internacionales y colaborado con cooperativas y empresas del sector agroalimentario, integrando ciencia, sostenibilidad y economía circular.

Envolviendo el futuro con piel de la huerta

Una brisa salada acaricia los cultivos de naranjos. Es temprano. En los márgenes de la ciudad, donde el mar y la huerta se dan la mano, el aire huele a riego y a sol. Bajo la tierra ocre y generosa, crecen las raíces de un futuro que no se parece al presente. No suena como él. No huele como él. Y tampoco se envuelve como él.

En un laboratorio discreto, a escasos pasos de los campos de Algirós en la avenida Tarongers de Valencia, la doctora Amparo Chiralt acaricia con sus dedos una lámina translúcida. Parece un plástico, pero no lo es. Proviene de una alcachofa. O quizá de la piel de un limón. No tiene aroma, aunque en su interior laten años de investigación, decenas de publicaciones científicas, y sobre todo, una idea que se ha vuelto urgente: envolver el alimento sin ahogar al planeta.

La ciencia también nace en la tierra

Doctora en Química y catedrática de Tecnología de los Alimentos, Chiralt no se conforma con observar la materia. La interroga. La desmonta. La reinterpreta. Su trabajo no se basa en fórmulas abstractas ni promesas de laboratorio, sino en un principio radicalmente sencillo: todo lo que nace de la tierra debe poder volver a ella sin dejar heridas.

Desde hace más de quince años, su equipo en la Universitat Politècnica de València investiga la creación de materiales biodegradables activos —una alternativa viable a los plásticos derivados del petróleo que aún reinan en nuestras despensas, en los lineales de supermercado, y en las islas flotantes del océano.

Estamos rodeados de materias primas que ignoramos”, dice. “Lo que tiramos puede convertirse en recurso. Solo necesitamos la tecnología adecuada para devolverle el valor.”

Y ese “valor” no es solo químico. Es también ecológico, cultural, humano.

 

Los restos del mañana

Cada cosecha valenciana genera vida… y desecho. Toneladas de cáscaras, hojas, pulpas y tallos que rara vez llegan a tener una segunda oportunidad. Pero lo que para unos es basura, para Chiralt es potencial. Junto a su equipo, transforma esos restos en recubrimientos comestibles, films protectores o bandejas ecológicas con fibras vegetales.

Algunos de sus materiales son tan innovadores que incluso interactúan con el alimento: liberan compuestos naturales que frenan el avance de bacterias, o evitan la oxidación de frutas sensibles. Otros se disuelven sin dejar rastro, como si nunca hubieran existido.

En su laboratorio conviven la delicadeza de la huerta y la precisión de la ciencia. Las pipetas miden extractos de plantas mediterráneas. Las probetas contienen aceites esenciales. El plástico aquí no se prohíbe: se supera.

Cerrar el círculo, abrir caminos

En un mundo que apenas empieza a comprender la dimensión del problema plástico, la economía circular deja de ser concepto y se vuelve forma de trabajo. En manos de Chiralt y su equipo, la lógica es implacable: nacer de un residuo, proteger un alimento, volver al entorno sin dañarlo.

Estos materiales pueden integrarse en la industria agroalimentaria local. No requieren infraestructuras futuristas ni tecnologías inalcanzables. Solo voluntad, colaboración y conocimiento. Por eso trabajan codo a codo con cooperativas, empresas hortofrutícolas y centros agrícolas. Porque la solución no viene de fuera. Está aquí.

 

El saber que también se siembra

Pero Chiralt no solo forma polímeros. También forma personas. Más de sesenta tesis doctorales han nacido bajo su tutela. Decenas de investigadores y científicos han pasado por su laboratorio, llevándose no solo habilidades técnicas, sino una forma de mirar la materia. Con humildad. Con preguntas. Con conciencia de que cada decisión científica tiene consecuencias más allá del microscopio.

En su forma de enseñar hay algo que recuerda al campo: una ciencia que se cultiva, que crece al ritmo del entorno, que germina en manos nuevas.

Un futuro que se envuelve distinto

No hay que imaginar el futuro como algo lejano, ni como una utopía empaquetada en laboratorios estériles. A veces, basta con mirar lo que ya tenemos, con otros ojos. Con los de la tierra. Con los de quien sabe que la sostenibilidad no es una moda, sino una deuda.

Desde esta tierra donde el mar abraza a la huerta, también florece un conocimiento que no solo imagina el futuro, sino que lo envuelve con ciencia, respeto… y raíces en la tierra.

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